De los movimientos sociales a los movimientos armados

Jorge Mendoza García*   ( * Profesor Investigado en la Universidad Pedagógica Nacional.)

 

1. Del movimiento social

El término “movimieto social” aparece en la década de 1950 en la sociología estadounidense, abordando formas antiguas de rebeldía. La caracterización que de entonces a la fecha se ha hecho de los movimientos es la que sigue: a) es un fenómeno de acción colectiva, con cierta permanencia, que construye espacios y sentimientos de inclusión y de exclusión; b) tiene proyecto y actores propios; c) tales proyectos intentan desbordar un orden establecido y su acción puede tomar una forma antigubernamental o antiestatal; d) sus demandas pueden ir desde lo cotidiano hasta una forma de sociedad distinta a la actual; e) sus formas organizativas suelen ser poco complejas y con rasgos de solidaridad, (1) lo que cohesiona al movimiento y, por tanto, lo dota de ciertas formas identitarias. (2)

Muchos de estos movimientos aparecen o se presentan en situaciones de conflicto, que en ocasiones se manifiesta como “expresión de cambio de época” o de condiciones económicas, políticas, sociales o culturales. En última instancia, la dinámica de los movimientos sociales suele encontrarse en el eje de la integración-ruptura de las sociedades (Muro y Canto, 1991). (3) Por eso se ha señalado que se da lugar al surgimiento de movimientos sociales cuando ciertos actores “concertan sus acciones en torno a aspiraciones comunes en secuencias mantenidas de interacción con sus oponentes o las autoridades”; y es que, ciertamente, “la acción colectiva es el principal recurso, y con frecuencia el único, del que dispone la mayoría de la gente para enfrentarse a adversarios mejor equipados” (Tarrow, 1994: 19-20).

Noción clave en esta concepción es la de “acción colectiva”, que puede entenderse como aquellas prácticas en las que se puede identificar en mayor o menor medida a un sujeto o actor social (Cadena, 1991). (4)

2. Movimientos sociales y cambio social

Los movimientos sociales intentan modificar lo establecido, es decir, demandan el cambio. Su organización, su proyecto, sus acciones se encaminan a ello. Ejemplos claros los tenemos en el siglo XX mexicano: en los cincuenta, los ferrocarrileros; en 1968, 1971 y 1999, los estudiantes; en 1988, el cardenismo; y recientemente, médicos, campesinos y expresiones armadas. Unos y otros han encaminado sus esfuerzos no sólo a cuestionar las formas impositivas en que se han desarrollado sindicatos, universidades, panoramas electorales e instituciones burocráticas, sino que además han planteado formas alternativas de organización y ejecución de acciones.

Puede advertirse que antes de categorizarse a los movimientos sociales, se hablaba de desórdenes, rebeliones, algaradas, entre otros, pero un episodio de confrontación se traduce en movimiento social cuando se mantiene la actividad colectiva frente a un interlocutor o adversario, y a ello contribuyen la identidad colectiva, los objetivos comunes y el desafío identificable, entre ellos los anhelos de cambio, que en múltiples ocasiones se traducen en programas políticos (Tarrow, 1994).

3. Los movimientos armados

Los movimientos armados no siempre lo fueron, antes fueron movimientos sociales civiles, incluso pacíficos y legales. Pero se enfrentaron a formas duras y autoritarias del poder, que en múltiples casos los orilló y los llevó a la toma de las armas. Este transitar por las armas para exigir lo mismo, y si se puede un poco más, que se reclamaba pero sólo con las palabras, con el discurso, con las manifestaciones de protesta, con marchas, con plantones, con mítines, terminó por cobrar forma en tres momentos u “olas” (Esteve, 1995) de la historia mexicana en el siglo XX: el primer momento u ola se presenta iniciando en el inicio de la pasada centuria; la segunda ola, en las décadas de los sesenta y setenta; la tercera ola, a fines del siglo xx y que ya atrapó los inicios del XXI.

Los movimientos que a lo largo de la historia han dejado un mayor impacto lo han hecho en virtud de que “consiguieron mantener con éxito la acción colectiva”, frente a adversarios con mayores recursos e instrumentos de poder (Tarrow, 1994: 25); y esos dejan herencia, estrategias, maneras de movilización, resguardo y/o formas de enfrentar adversidades. En efecto, hay grupos que tienen su propia memoria para implementarla en ciertas expresiones.(5) Ello puede verse claramente en los movimientos armados, por ejemplo, a la guerrilla. A ésta puede aplicarse lo manifestado por Tarrow, quien señala que los movimientos tienen como base la creación de redes y el manejo de lo simbólico, y en cuanto más densas sean las primeras y más familiares los segundos, mayor posibilidad tendrán de perdurar y expandirse. Eso lo saben las expresiones guerrilleras mexicanas, al menos desde principios del siglo XX.

3. 1 Recurrencias: de movimientos sociales a armados

La guerrilla que abre el siglo

Antes de iniciar el siglo XX hay brotes armados en varios puntos del país, pero son algo aislados. Es hasta 1906 y 1908 que tales brotes adquirirán las características de nacionales, por su envergadura, y de movimiento, por su proyecto y actuación: reclamo social con programa político que se ve acompañado de las armas para que se escuche, lo mismo en el norte que en el sur del país. (6)

Este camino de las armas se refuerza después del fraude de las elecciones de 1910, y el candidato opositor, Francisco I. Madero, llama a sublevarse en nombre de un plan, el de San Luis, que como reforma profunda plantea lo que a cientos de miles de mexicanos les interesa, la tierra, y por ella se levantan en armas las huestes de Emiliano Zapata. Para el 20 de noviembre ya están en armas algunos grupos en el norte del país, encabezados por Francisco Villa, Pascual Orozco, José de la Luz Blanco y Guillermo Baca, todos ellos en Chihuahua. (7) Las armas constituyen, en tal caso, las posibilidades de que ahora sí se haga justicia.

De todas las demandas, una muy sentida, o cuando menos la que mantuvo activas las armas, fue la demanda de tierra, pues tenía que cumplirse a cabalidad. Por esa, diversos grupos no dejan los fusiles, pues los tomaron para garantizar que se efectuara el reparto que anunciaban otros tantos planes, como el de San Luis. Como no se cumplía el reparto prometido, para 1927, cuando teóricamente ya no hay revolución, cuando se supone acaba la contienda armada y ya se reparten el poder las fracciones triunfantes, aún hay grupos en armas demandando tierra. (8)

3. 2 El devenir de la guerrilla en los sesenta

Si el camino de las armas posibilitó ciertos cambios en la primera parte del siglo xx, y sólo mediante esa vía se había logrado lo que años atrás se exigía a gritos y de manera pacífica, la experiencia parecía repetirse en las décadas de los sesenta y setenta. En estos tiempos en México hay dos tipos de movimientos guerrilleros: los urbanos, que surgen en las grandes ciudades como Monterrey, Guadalajara, Culiacán y el Distrito Federal. Más allá del elemento de sobreideologización (Montemayor, 1999) de los jóvenes guerrilleros inspirados en la Revolución Cubana, éstos pasan a engrosar las filas armadas sólo después de la represión que sufren los movimientos estudiantiles de 1968 y 1971; es decir, pasan de participantes en un movimiento social pacífico y legal a uno armado. La expresión más amplia y de mayor desarrollo por su número de integrantes, más de mil quinientos, y su presencia en distintos puntos del país es la Liga Comunista 23 de Septiembre.

La otra guerrilla es la rural, donde Genaro Vázquez y Lucio Cabañas encabezan el movimiento, al frente de la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria y del Partido de los Pobres, respectivamente. Este par de personajes y sus organizaciones habían iniciado su lucha con “modestas reivindicaciones” (Bartra, 1996). Los dos, por separado, sintetizaban su paso de participantes de organizaciones civiles y pacíficas a las armadas. En una entrevista en 1971, Genaro señala: “Se luchó por todas las formas posibles y ‘legales’. Miles de papeles con quejas pasaron por mis manos sin que ninguna de éstas fuera resuelta en forma razonable para los campesinos… Y nos cansamos”. Por su parte, Lucio expresaría: “Nosotros organizábamos a los maestros y uníamos a los campesinos para luchar contra las compañías madereras y [contra] tantos impuestos… Y también uníamos al pequeño comercio”; pero los reprimieron una y otra vez, y también se cansaron (Montemayor, 1991). En esta óptica hay que introducir también al Grupo Popular Guerrillero que dirigía Arturo Gámiz y Pablo Gómez, que encabezaron el asalto al Cuartel Madera en Chihuahua, en 1965 (dando inicio a la denominada segunda ola de los movimientos armados) pues su paso de la vía civil y pacífica a la armada tiene los mismos tintes que lo ocurrido en Guerrero con las otras dos organizaciones, a pesar de la distancia geográfica (López, 1974; Reyes, s/f).

En sentido estricto, estos grupos armados primero surgen como movimientos de copreros, magisteriales y campesinos en defensa de sus productos y con demandas de su sector, luego por sus luchas varios de sus integrantes y dirigentes son reprimidos y encarcelados. Sólo después de sufrir la violencia institucional, como respuesta, se armaron (Montemayor, 1998).

Bartra resume así la situación del tránsito de una forma de lucha a otra: “Cuando este liderazgo cívico y social es obligado por la represión a hacer política armada, la puesta en pie de un ejército guerrillero sustituye en la práctica a los esfuerzos de organización y lucha gremiales, y una vez bloqueada la acción reivindicativa el discurso tiende al maximalismo. Al forzar la opción guerrillera, el gobierno no sólo expulsa de la palestra electoral a la molesta oposición cívica; también elimina de las organizaciones sociales a las corrientes contestatarias” (1996: 144). (9)

En estos tiempos, dicha transición de la lucha pacífica organizada a la lucha armada tenía ya un antecedente, el de Rubén Jaramillo que en la década de los cincuenta, después del ejercicio cívico, se ve obligado por las circunstancias a tomar las armas; después de cierto tiempo y de establecer un pacto con la federación se desarma, para participar en la lucha legal, pero luego del famoso abrazo presidencial es asesinado. (10)

Al final de esta segunda ola armada, se habla de alrededor de 40 grupos armados que actuaron en varios estados del país. Pero no obtuvieron reconocimiento como movimiento social o guerrillero. El gobierno los trató como terroristas: balas y sangre. (11)

3. 3 La guerrilla cierra el siglo

En 1993, un año antes de que estallara el conflicto armado en Chiapas, un sacerdote jesuita establecido en el lugar, Mardonio Morales, expresaba que en Chiapas había guerrilla desde mediados de los ochenta (Correa, 1993). Lo que se sabría tiempo después, era cierto, pero no exclusivo de ese estado, puesto que esa situación se compartía con varias regiones del país. En los ochenta se creyó que se había acabado con la guerrilla, sin embargo, ésta no desapareció del todo, pues en esa misma década se trasladaron a varios puntos del sur del país, y su trabajo fortaleció las bases de lo que después conoceríamos como Ejército Zapatista de Liberación Nacional (ezln) y Ejército Popular Revolucionario (epr) (Montemayor, 1999). (12) Aquí inicia la tercera ola de los movimientos armados (Esteve, 1995).

Carlos Montemayor aduce que muy a pesar de la violencia institucional que se ejerce contra las comunidades pobres de Guerrero, Chiapas, Oaxaca y otros estados, ahora se puede hablar de que ha llegado el turno de “la otra violencia”, la de “la dignidad y la fuerza de pueblos enteros, hombres, niños, mujeres; la lucha que desde la indigencia, la desnutrición, el aislamiento, siguen siendo capaces de emprender para ser libres; de la fuerza para luchar, para continuar luchando para que su sierra, su mundo, su tierra –nuestras sierras, nuestro mundo, nuestras tierras– sean mejores” (1998: 10).

Todo ello no es fortuito, si se considera que desde el poder se trata de establecer una “cultura del terror” que pretende “domesticar las aspiraciones de las mayorías”, para paralizarlos: “Si los movimientos populares desembocan en la lucha guerrillera, depende de la violencia de los poderosos. Si rechazan las demandas de justicia social, de libertad y derechos humanos y si la represión del Estado se incrementa, la gente puede llegar a defenderse”, indica con toda razón el lingüista Noam Chomsky (1998: 152). Este riesgo múltiples voces lo han advertido, pero el gobierno no quiere escuchar. “La tortura, prueba suprema de lo miserable de la razón y etnicidad del Estado, es la justificación más elemental y a la vez suprema del derecho a la insurgencia”, aseguraba también el escritor Manuel Vázquez Montalbán (1999: 31), y es que, en el caso del zapatismo, antes de serlo campesinos e indígenas estuvieron incrustados en distintos movimientos sociales exigiendo tierras y precios respetables para sus productos. La respuesta más a tono fue la represión. En el caso del eperrismo, muchos de sus integrantes antes de engrosar las filas guerrilleras formaron parte de organizaciones campesinas que fueron reprimidas constantemente por los gobiernos locales.

Visto esto psicopolíticamente existe, entonces, una cultura de la sangre y una cultura de la tinta, las cuales se enfrentan en ocasiones y en otras se entrecruzan. La cultura de la sangre “está ligada a la exaltación de las identidades, a la lucha revolucionaria y a la defensa de las patrias” (Bartra, 1999: 11), pero que tiene un antecedente en la violencia ejercida desde arriba; mientras que la cultura de la tinta:

…exalta la pluralidad de escrituras e impulsa los argumentos impresos en el papel y no en los campos de batalla. La cultura de la tinta está teñida del color rojo de la vida pero está dispuesta a intercambiarla por la patria o la clase. Contrasta con la negrura que tiñe los alambicados argumentos de los escritores, pero la cultura de la tinta cambia a veces las ideas por un plato de lentejas (Bartra, 1999: 11).

4. Movimientos armados como movimientos sociales: inflexiones

Cuando james scott escribía Los dominados y el arte de la resistencia, señalaba: “Los espacios sociales del discurso oculto son aquellos lugares donde ya no es necesario callarse las réplicas, reprimir la cólera, morderse la lengua y donde, fuera de las relaciones de dominación, se puede hablar con vehemencia, con todas las palabras” (1990: 149). Pero no sólo son los espacios, son también las vías las que se van cerrando y sólo queda una: la toma de las armas.

Se vuelve necesario reconocer que en la base de una guerrilla hubo un movimiento social, y que este movimiento social tiene causas y demandas sociales, antes que militares. Y son justamente esas causas y propuestas las que están en el origen del levantamiento armado, que antes fueron expresadas en las calles y ahora se hacen en las montañas. Arturo Gámiz, Lucio Cabañas y Genaro Vázquez antes que guerrilleros fueron luchadores sociales, encabezaron movimientos campesinos y magisteriales a los que se les reprimió y sólo después de cierto tiempo tomaron la ruta de las armas. De hecho, en algún momento las organizaciones de Gámiz y Vázquez participaron en la vía electoral. Muchos de los jóvenes que se integraron en la Liga Comunista 23 de Septiembre participaron en movimientos estudiantiles en Guadalajara y Sinaloa, y sólo después de ser ferozmente reprimidos emprendieron el viaje a las armas. Muchos de los que formaron parte de los movimientos estudiantiles de 1968 y 1971 sólo después de sentir la vía civil agotada se iniciaron en la lucha guerrillera.

Recientemente los campesinos de San Salvador Atenco, en el centro; los mineros, en el norte, y los integrantes de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), en el sur del país, son claros ejemplos de que los movimientos sociales pueden llegar al ejercicio de la violencia orillados por las políticas autoritarias del poder.

====
CITAS:

1 Un movimiento social debe contener lazos de solidaridad más o menos permanentes, ya que si carece de ellos puede tratarse de una rebelión o de una algarada, que son más fugaces. Se edifican conjuntamente con oportunidades, repertorios, redes y marcos, esos son los materiales con que se construyen dichos movimientos.

2 “Un movimiento social es un sistema de narraciones, al mismo tiempo que un sistema de registros culturales, explicaciones y prescripciones de cómo determinados conflictos son expresados socialmente y de cómo y a través de qué medios la sociedad ha de ser reformada; cómo el orden correcto de la modernidad, una y otra vez aplazado y frustrado, debe ser rediseñado” (Ibarra y Tejerina, 1998: 12).

3 En múltiples casos encontramos un paso de luchas a movimientos sociales, de éstos a movimientos políticos, aunque en este último caso las fronteras tienden a borrarse; asimismo, el paso de movimientos regionales a nacionales, lo cual es más claro (Muro y Canto, 1991).

4 De esta manera, una acción colectiva se traduce en movimiento social cuando los actores, sabiéndose distintos de otros e independientes del Estado y sus partidos, se plantean luchar mediante una organización que se ha creado para ello, y buscan la obtención de ciertas demandas, que pueden ir desde el sencillo reconocimiento a tal instancia o la dotación de servicios, o a cambios limitados y lograr cierta influencia en la toma de decisiones de las autoridades, o complejos y nuevos modelos de sociedad. Tales movimientos sociales encuentran su interlocutor en el Estado y sus instituciones, en todos sus niveles. En tal caso, los conflictos se mueven en los límites de lo institucional y en su cuestionamiento o ruptura, y ponen en entredicho la capacidad del Estado y sus instituciones para resolver adecuada y pacíficamente las demandas (Cadena, 1991). Para Tarrow los movimientos sociales, sean de la índole que sean, incluso los revolucionarios, tienen como elemento subyacente la “acción colectiva contenciosa”; esa es su base. Tal acción adquiere distintas formas, puede ser breve o extensa, institucionalizada o disruptiva, monótona o dramática. Una buena parte de los movimientos como grupos constituidos, señala, se mueven en el marco institucionalizado, aquellos que no tienen acceso a las instituciones se traducen en contenciosos: “las formas contenciosas de acción colectiva asociadas a los movimientos sociales son histórica y sociológicamente distintivas. Tienen poder porque desafían a sus oponentes, despiertan solidaridad y cobran significado en el seno de determinados grupos de población, situaciones y culturas políticas” (1994: 20).

5 Los trabajadores tienen en su haber la huelga, los estudiantes las movilizaciones en las calles y el discurso incendiario, los campesinos la resistencia, etcétera. Stuart Hill y Donald Rothchild lo han sintetizado de esta manera: “Sobre la base de pasados períodos de conflicto con un grupo o grupos determinados o con el gobierno, los individuos construyen un prototipo de protesta o motín que describe lo que hay que hacer en circunstancias concretas, además de explicar la lógica de la acción en cuestión” (Tarrow, 1994: 51). No obstante esta persistencia y continuidad en las expresiones, en los movimientos sociales hay una voluntad de cambio como característica esencial. Es uno de sus objetivos inmanentes.

6 Son estos intentos, estos brotes armados, los que tienen un programa que atraviesa lo mismo la elección presidencial que mejoras en las condiciones de trabajo, que apunta a una reforma para la tierra, que señala la equidad entre extranjeros y mexicanos en el trabajo que habla de educación, de derechos sociales… Estos primeros intentos constituyen la respuesta a la cerrazón del gobierno de Porfirio Díaz, que insiste una y otra vez, cada seis años, en reelegirse; un gobierno que le da por no tener oposición, ya que la desarticula, la reprime, la aniquila; las voces expresadas en medios escritos son acalladas; los opositores que cuestionan al poder son perseguidos y encarcelados: no hay disidencia posible que no atraviese por la vía armada, concluirán algunos pensadores (Flores Magón, 1911; Silva Herzog, 1960).

7 Dato curioso, coincidencia o de memoria armada: en 1965 se inaugura la segunda ola de los movimientos armados en México, precisamente en Chihuahua, con el ataque al Cuartel Madera, el 23 de septiembre.

8 En 1927 grupos como el de Amadeo Vidales están empuñando los fusiles con una serie de reivindicaciones que se plasman en el Manifiesto de Valedero que apuntala el llamado Movimiento Libertario de Reintegración Económica Mexicana. Y si bien en 1929, con una amnistía del entonces presidente, Emilio Portes Gil, los vidalistas dejan las armas, hay otros grupos que continúan peleando por el cumplimiento de lo prometido al calor de la revolución. Pero no sólo estaba la respuesta armada como forma del ejercicio para el cambio, pues también se encontraba la autodefensa armada que se tenía que practicar para la sobrevivencia ante los reticentes a los cambios profundos, los que se negaban a perder sus privilegios a costa de la pobreza de los más. En este contexto se entiende el hecho de que Lázaro Cárdenas haya impulsado la creación de las Defensas Rurales, milicias campesinas, desde 1936, como una forma de hacer contrapeso y contrarrestar la represión antiagrarista de las guardias blancas de los terratenientes en varias partes del país, pero sobre todo en Guerrero (Bartra, 1996).

9 Además, agregará: “Cuando la guerra se coloca en el centro de la lucha, las cuestiones de la democracia económica, social y política se posponen al triunfo de la revolución; se renuncia a tratar de materializarlas paulatinamente en ámbitos cívicos y gremiales, y por tanto dejan de ser materia de la acción cotidiana” (Bartra, 1996: 144).

10 Pero este paso de una vía a la otra bien puede tener un antecedente previo, cuando en 1923 en Atoyac, Guerrero, ante le deposición de un alcalde electo democráticamente y la represión de que eran objeto los agraristas, y la muerte de uno de sus dirigentes, Manuel Téllez, se arma un grupo de 200 personas, que se han “fogueado en la lucha social” (Bartra, 1996). A esta guerrilla, se suman comandos zapatistas de la región, y algunos que operaban en Michoacán: “La convicción de que había que pasar de la acción política y el trámite agrario a la lucha armada, o cuando menos que era necesario proteger a las organizaciones pacíficas y a sus gestiones legales con el poder disuasorio del máuser, no nace sólo en la costa”, pues en otras regiones el acoso de las guardias blancas y del Ejército ha orillado a los solicitantes de tierras a la misma conclusión que los atoyaquenses.

11 En la presente argumentación no pueden dejarse fuera elementos que rodearon o constituyeron un marco referencial de la lucha armada, como el hecho de que la segunda ola armada en nuestro país se ve inmersa en el mar de los tiempos de las guerras de liberación nacional en Latinoamérica, el que la guerrilla recorre el tercer mundo, y en Cuba en 1966 se forma la Organización Latinoamericana de Solidaridad (olas), como parte de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (ospaaal), y ahí participan algunas organizaciones mexicanas, como la de Genaro Vázquez (Bartra, 1996), y que puede existir en algunos casos una “sobreideologización” (Montemayor, 1999), entendida como el empalpamiento de manuales marxista y la aplicación prácticamente a pie juntillas de tales planteamientos para liberar a la humanidad e instalar la dictadura del proletariado, esto es, que si bien estos dos factores están presentes, lo cierto es que hay ciertas condiciones sociales, económicas y políticas que posibilitan el actuar guerrillero.

12 “Nos asiste la razón y la justicia. Por eso, como mexicanos inconformes con esta realidad nacional y al no dejar el gobierno otro camino, decidimos cambiar nuestras herramientas de trabajo por los fusiles libertarios que habrán de combatir y contribuir al derrocamiento del gran capital y del gobierno antipopular. Hoy, movidos por las injustas condiciones de vida y trabajo, nos hemos decidido a luchar organizadamente para contribuir a la transformación democrática revolucionaria de nuestra patria y, con base en una actitud consciente y voluntaria, hemos conformado un instrumento más de lucha que llamamos Ejército Popular Revolucionario.”

Bibliografía

Bartra, Armando (1996): Guerrero bronco, Sinfiltro, México.

Bartra, Roger (1999): La sangre y la tinta. Ensayos sobre la condición postmexicana, Océano, México.

Cadena, Jorge (1991): “Notas para el estudio de los movimientos sociales y los conflictos en México”. En Muro, Víctor y Canto, Manuel (coords.) El estudio de los movimientos sociales: teoría y método, El Colegio de Michoacán/UAM-x, México.

Correa, Guillermo (1993): “’Hay guerrilla en Chiapas desde hace ocho años; grupos radicales infiltraron a la Iglesia y a las comunidades’. Relato del jesuita Mardonio Morales”, Proceso, núm. 880, pp. 12- 15.

Correa, Guillermo y Ortiz, Francisco (1998): “40 mil acciones de lucha social entre 1994 y 1998; una de cada cuatro fue violenta, reportan ONG”, Proceso, núm. 1128, pp. 26-27.

Chomsky, Noam (1998): Chomsky habla de América Latina y México. Entrevistas con Heinz Dieterich, Océano, México.

Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (1994): EZLN. Documentos y comunicados. ERA, México.

Esteve Díaz, Hugo (1995): Las armas de la utopía. La tercera ola de los movimientos guerrilleros en México, Instituto de Proposiciones Estratégicas, México.

Flores Magón, Ricardo (1970): La Revolución Mexicana, Grijalbo, México. Ibarra, Pedro y Tejerina, Benjamín (eds.) (1998): Los movimientos sociales. Transformaciones políticas y cambio cultural, Trotta, Madrid.

La Jornada(02/01/94). México.

López, Jaime (1974): Diez años de guerrillas en México, Posada, México.

Montemayor, Carlos (1991): Guerra en el paraíso, Diana, México. (1998): “Prologo”, en Gutiérrez, Maribel, Violencia en Guerrero, pp.7-11, La Jornada Ediciones, México. (1999). La guerrilla recurrente, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, México.

Muro, Víctor y Canto, Manuel (coords.) (1991): El estudio de los movimientos sociales: teoría y método, El Colegio de Michoacán/UAM-X, México.

Nivón, Eduardo (1998): Cultura urbana y movimientos sociales, UAM-I/CONACULTA, México.

Reyes, Juan Fernando (s/f): La guerrilla en Chihuahua 1964-1972, Centro de Investigaciones Históricas de los Movimientos Armados, México.

Scott, James (2000). Los dominados y el arte de la resistencia, ERA, México.

Silva Herzog, Jesús (1990): Breve historia de la Revolución Mexicana, Fondo de Cultura Económica, México.

Tarrow, Sydney (1997): El poder en movimiento. Los movimientos sociales, la acción colectiva y la política, Alianza Editorial, Madrid., 1997.

Vázquez Montalbán, Manuel (1999): Marcos: el señor de los espejos, Aguilar, Madrid.

Viqueira, Juan P. (1999). “Los peligros del Chiapas imaginario”, en Letras Libres, México, año I, Núm. 1, enero, pp. 20-28, 96-97.

About these ads

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s